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A propósito de la Revolución Permanente

Dos años de revolución en el Norte de África y Oriente Medio

22 de marzo de 2013
Escritor(a) : 
CEI

Los procesos revolucionarios en el Norte de África y Próximo Oriente han
puesto la revolución al orden del día y han desestabilizado los mecanismos
de control del imperialismo en esta zona estratégica del planeta. Estas revoluciones
han tenido un claro signo internacionalista, contagiándose como la
pólvora en la región y alimentándose unas a otras. Dos años después, tres
elementos determinan la situación del proceso:

- El cortafuegos de la ola revolucionaria es hoy la feroz represión del régimen
de Bachar Al Assad en Siria, pero el régimen no consigue detener el
avance de la revolución.

- Una nueva oleada de movilizaciones que refleja desgaste de los gobiernos
islamistas surgidos de las elecciones en Túnez y Egipto por sus políticas
neoliberales y su freno a la ruptura con el viejo régimen.

- El proceso entronca con la lucha palestina, que también se reactiva, y
aumenta el aislamiento de Israel.

Todo ello exige una implicación de la izquierda política internacional que no
ha asumido hasta ahora.

I. Siria, el régimen
Retrocede

La revolución popular contra el régimen
de Damasco cumple dos años, con
un balance sangriento (cerca de 100.000
muertos, un millón de refugiados). Arrancó
como un levantamiento pacífico, tras
años de ajustes neoliberales del gobierno
de Al-Assad, que causaron el aumento
del paro y un empobrecimiento brutal
de los trabajadores, los campesinos y
sectores de clases medias. Tras meses
de revolución y frente a la represión
muchos activistas confiaron en una intervención
imperialista, y cuando, en
verano, se constató que ésta no llegaba,
creció el apoyo al Ejército Sirio Libre
para acabar con el régimen.

El proceso ha derivado en una guerra
civil, y a pesar de que el régimen cuenta
con el apoyo militar de Irán y Rusia, los
rebeldes han conseguido importantes
avances sobre el terreno. Las corrientes
islamistas han tomado la iniciativa y han
hallado en la lucha armada un espacio
para imponer su sectarismo y tratar de
desplazar la movilización de las masas.
El régimen ha tratado de instrumentalizar
a los kurdos en su pugna con Turquía.

La tarea principal de la izquierda mundial
es apoyar a las masas sirias que se
sublevaron contra el régimen dictatorial
de Al Assad, sin condiciones e independientemente
de sus direcciones. Y también
ayudar en todos los sentidos a los
marxistas revolucionarios sirios en su esfuerzo
por construir una dirección revolucionaria.

La caída del régimen debe dar
respuesta a las reivindicaciones de los trabajadores
y los pueblos: Derecho de autodeterminación
del pueblo kurdo, ruptura
con las políticas neoliberales y los lazos
con el imperialismo y apoyo activo a la
causa Palestina. Fuera Irán y Rusia de
Siria. Ninguna intervención imperialista.

II. La lucha palestina
y la oleada
revolucionaria

El proceso revolucionario entronca con
el problema palestino, que sigue siendo
el referente de masas de la región. Israel
ve cómo con la caída de las dictaduras
se rompe su marco de seguridad y queda
más aislado. Netanyahu ataca a Gaza
buscando rédito electoral y forzar al recién
reelegido Obama a posicionarse.
Pero a diferencia de lo que ocurrió en la
masacre de 2008-09, esta vez Israel no
puede actuar con las manos libres. La
calle presiona al nuevo presidente egipcio,
Mohamed Mursi, a no repetir la política
de silencio cómplice de Mubárak y
la presión impide la entrada por tierra
del ejército sionista.

Otro impacto de la ola revolucionaria
en la región es la ruptura de Hamás (a
diferencia de Hezbolla) y la izquierda
palestina con el régimen de Bachar al
Assad en Siria, a quien exigen que no
utilice la causa palestina mientras
masacra a su pueblo. La lucha de masas
en Palestina aporta un nuevo aliento
al proceso revolucionario en toda la
región, con una inequívoca componente
antiimperialista. Abu Mazen, muy desprestigiado,
lleva el estado palestino a la
ONU, pero todo el mundo sabe que esto
tiene las patas cortas. Los palestinos piden
unidad para enfrentar la ocupación.

En cierto modo, Hamás y Fatah ven que
sus políticas (sobrevivir dentro del bloqueo
y colaboración con Israel) se agotan
e intentan reavivar la falsa solución
de los dos estados que lleva la lucha
palestina a un callejón sin salida.
Con el pueblo palestino, por el fin de
la ocupación, por la libertad de los presos/
as. Levantamiento inmediato del bloqueo
a Gaza. Abajo el Estado de Israel,
por una Palestina laica, democrática y
de los trabajadores en todo su territorio
histórico.

III. Túnez y Egipto:
desgaste de los
gobiernos islamistas
neoliberales

Las revoluciones políticas que derrocaron
dictadores como Ben Ali o
Mubarak partían de las exigencias de trabajadores y juventud: pan, trabajo,
justicia social, y libertad. Los dictadores
cayeron, pero no se rompió
con el viejo régimen y sus “fulul”. Las
exigencias de pan y trabajo siguen
sin ser respondidas, al contrario, se
han agravado las condiciones de vida
de la población. Las expectativas
que depositaron las masas en
Ennahda en Túnez y en el Partido
de Libertad y Justicia en Egipto (ambos
filiales de los Hermanos Musulmanes),
reflejadas en los resultados
electorales empiezan a verse defraudadas
por las políticas neoliberales.

Estos gobiernos “islamistas moderados”
de tipo turco, están centrados
en el pago de la deuda de las
dictaduras y en dar garantías a las
multinacionales sobre la inversión
extranjera, manteniendo los acuerdos
con el imperialismo (EEUU, UE,
FMI), sin poner en el centro la atención
a las necesidades de las masas.

Ante esta situación, en otoño estalló
una nueva oleada de
movilizaciones que demuestran que
los procesos revolucionarios siguen
vivos. Los gobiernos responden con
la represión y para ello necesitan del
viejo aparato de la dictadura. Las
tareas democráticas históricas no
pueden desligarse de las sociales, y
no hallarán solución desde las direcciones
burguesas: necesitarán gobiernos
obreros y populares capaces
de romper los lazos tanto con
los antiguos regímenes dictatoriales
como con el imperialismo.

En Túnez el gobierno islamista de
Ennahda firmó acuerdos financieros
con FMI y Qatar, renovó el acuerdo
de asociación con la UE de la dictadura,
triplicó la deuda de Ben Ali, no
tomó ninguna medida para reducir
el paro en el país, rechazó hacer los
cambios necesarios en el sistema
de justicia, colocó a su gente en la
administración abriendo la puertas a
una nueva ola de corrupción, condenó
las zonas rurales al aislamiento,
humilló a los mártires y
discapacitados de la revolución, fortaleció
la represión policial contra las
masas, y condujo las bandas
fascistoides llamadas “Grupos para
la protección de la Revolución” contra
los jóvenes y masas trabajadoras.

En resumen, Ennahda, después
de secuestrar la dirección de la Revolución
triunfante, intenta con todo
para construir un la versión islamista
de un régimen bonapartista.
Ante las políticas del Gobierno las
masas continuaron con las
movilizaciones. Las huelgas en Sidi
Bouzid, la expulsión por las masas
del Gobernador de Kasserine, la declaración
de “independencia” de la
ciudad de Thala, las revueltas populares
en Al Omran y Herba, las confrontaciones
de los trabajadores de
las minas en Gafsa con la policía, las
movilizaciones populares en Gabes…
han sido ejemplos de la lucha de las
masas con la consigna de “el pueblo
quiere otra revolución”. A todo
esto se añadió la valiente lucha del
pueblo de Siliana a los finales de noviembre.

La respuesta del Gobierno,
la vieja represión. Pero la huelga general
que siguió al asesinato de
Choukri Belaid acabó con la crisis
de gobierno Ennahda.
La crisis de Gobierno no debe resolverse
entre la falsa elección de la
vía islamista de Ennhada o la “laica”
de Nidá Tunis, porque las dos son
igualmente burguesas y neoliberales.
Nida Túnez aglutina a varios partidos
bourguibistas, junto a otras corrientes.
Su líder Kaid el Sebsi, ocupó
puestos centrales en los gobiernos
de Bourguiba y Ben Ali, fue el
presidente del gobierno transicional
después de la huida del dictador,
entre febrero y diciembre 201. Ahora
aparece como portavoz de los
sectores “modernistas” que quieren
que el ejército restaure el “paz y orden”
en el país.

Es preciso construir una organización
de la izquierda y una salida hacia
un gobierno de los trabajadores.
La constitución del Frente Popular
abre una perspectiva de recomposición
de la izquierda, recientes encuestas
le otorgan un 16% de apoyo.
Pero el camino a una salida no
pasa por el consenso y el “diálogo
nacional” que la dirección de la UGTT
propone a los partidos, empezando
por Ennahda y Nidá Tunis. Es urgente
apoyarse en la movilización de masas
y levantar un programa de ruptura
con el viejo régimen y sus instituciones,
rompiendo los acuerdos
con la UE y el pago de la deuda,
para establecer un plan de empleo.
Sólo un gobierno de los y las trabajadoras,
que rompa con el viejo orden
y aplique medidas a favor de la
juventud en paro y el interior pobre,
puede abrir una perspectiva. En este
sentido la UGTT es referente indiscutible
como organización de las
masas trabajadoras, y una clave para
encontrar una salida de gobierno favorable
a los trabajadores.

En Egipto también la falta de una
dirección revolucionaria permite caer
el gobierno en las manos de los
islamistas neoliberales que bloquean
el avance de la revolución. Tras los
roces para el encaje entre los todopoderosos
militares y el poder de
Mursi, la constitución sella su pacto:

Se conserva el estatus de las Fuerzas
Armadas, se deja su presupuesto
(unos 5 mil millones de dólares) y sus
actividades económicas (una cuarta
parte del producto interior) fuera
del control parlamentario. Se crea un
Consejo de Seguridad Nacional sin
control parlamentario, para “defender
la seguridad del país y el presupuesto
de las fuerzas armadas” y los
militares se reservan nombrar el ministro
de defensa. Siguen los tribunales
militares para juzgar a civiles
según el código militar. Se privan los
derechos democráticos y sociales a
los trabajadores y clases populares,
a las mujeres y a las minorías étnicas
y religiosas. Es Islam pasa a ser la
religión del Estado, creando la posibilidad
de intervenir en código civil
con las normas de sharia.

Mursi, a finales noviembre de
2012, intentó concentrar con un
decreto todos los poderes en sus
manos, pero la potente respuesta
que tomaba de nuevo de referencia
la Plaza Tahir, con las consignas de
“pan, justicia social y libertad”, “el
pueblo no quiere este régimen” y
“hace falta una nueva revolución” le
obligó a retroceder. Pero antes movilizó
–junto al ejército y la policíasus
bandas salafistas contra los
manifestantes.

También en Egipto se presenta un
bloque “laico” frente al islamista, el
Frente de Salvación Nacional, dirigido
por Mohammad Baradai –ex observador
de la ONU en Irak-, Nacib
Sawiris –líder multimillonario del Partido
Egipto Libre-, Amir Musa –alto
funcionario del periodo de Mubaraky
Hamden Sabahi –el fundador del
partido Baasista y nacionalista árabe,
Dignidad Árabe-, también varios
grupos de izquierda y el movimiento
juvenil de 6 de Abril. El Frente presiona
a los Hermanos Musulmanes
para la formación de un gobierno de
conciliación nacional y a cambio
ofrecen una “tregua de un año” entre
el gobierno y la oposición, que incluiría la desconvocatoria de las huelgas
y otras luchas obreras y populares.
Pero no se cuestiona la política económica
del Gobierno que acaba de firmar
un nuevo crédito con el FMI y sigue vendiendo
gas a Israel…

La lucha obrera y popular no ha bajado,
en 2012 hubo más de 3.400 luchas
económicas y sociales, incluidas huelgas
y ocupaciones; como el movimiento
en la ciudad de Kafr al Sheih, la lucha
salarial en la fábrica de tintes Rostex en
Sharkiya, la lucha del pueblo de Giza
contra la contaminación ambiental, las
movilizaciones de los trabajadores de
enseñanza contra los contratos temporales,
las huelgas salariales y contractuales
de los trabajadores de los hospitales
en Ismailiyya… han marcado todo
el periodo de resistencia y luchas. La
respuesta del Gobierno ha sido la represión
y la persecución de los sindicalistas,
que suman cientos de despidos, años
de prisión.

IV. La política de la
izquierda ante las
revoluciones

Una característica de las revoluciones
del Norte de Africa y de Oriente Medio ha
sido el escaso apoyo de la izquierda internacional.
Hay varios motivos, entre ellos
el papel del castro-chavismo. Tras el llamado
“socialismo del S. XXI” y la “revolución
bolivariana” una parte de la izquierda
se ha apartado cuando no directamente
combatido la revolución para ponerse al
lado delas dictaduras. ¿Qué puede justificar
el apoyo a miles de asesinatos de un
régimen como el de Al Assad, que ya no
se pueden ocultar tras ningún supuesto
complot imperialista? ¿Cómo se podía colocar
la izquierda en apoyo a Gaddafi que
reivindicaba al fascista Franco cuando entró
en Madrid para aplastar la revolución
obrera? Eso sólo es posible explicando
las relaciones comerciales petroleras entre
Chávez y Libia o Irán. O, aun más
grave, de una izquierda que cierra los ojos
ante una realidad que se impone dramáticamente.
Pero también otro sector de la izquierda
parece querer revoluciones “puras”
para implicarse en la lucha y siempre
ve los “pero…” para no apoyar el proceso.
Ciertamente las direcciones bajo las
cual se mueven los movimientos revolucionarios
no son los que algunos revolucionarios
querríamos, pero ¿qué hacer?
Quedarse a un lado y esperar a
que lleguen por arte de magia “los nuestros”?

Estos sectores encontraron su
justificación inicial a la parálisis con los
resultados de las elecciones en Túnez y
Egipto… los islamistas. Pero el proceso
revolucionario es mucho más profundo
que los partidos que lo pueden expresar
en un momento dado. Y así ocurrió,
al año de gobiernos islamistas de nuevo
el movimiento revolucionario –que no había
sido liquidado- volvía a salir, esta vez
contra el Gobierno exigiendo pan y libertad.

Nuestro papel no puede dejar
de implicarse en el proceso apoyando
en él a aquellos sectores que expresan
un programa revolucionario más consecuente.
Por último hay quien ve la revolución
como una serie de etapas que hay que
ir consolidando una, luego la siguiente en
una secuencia bien determinada. Escuchábamos
en Túnez al poco tiempo de
la caída de Ben Alí “ahora no es momento
de huelgas, es hora de consolidar
la democracia… ya habrá tiempo más
adelante para resolver otros problemas”
Pero los procesos revolucionarios integran
las necesidades de las masas. Si
los jóvenes de Sidi Bouzi que arrancaron
el proceso revolucionario no ven que la
revolución permita mejorar su terrible situación
de paro, y cuando lo reclaman
les vuelve a reprimir la misma policía que
creían haber derrotado ¿cómo vamos a
explicar que son ellos y no el Gobierno el
que no consolida la democracia?

Las revoluciones
tunecina y
egipcia, y del resto
de la región,
confirman una
vez más una
realidad histórica:
en cualquier
país atrasado,
semicolonial o
dependiente, la
revolución democrática
contra
la dictadura y
la miseria mientras
no avanza
hacia independencia
nacional
y emancipación
social, no puede alcanzar sus objetivos más elementales
que son pan, trabajo y justicia social.
Todos estos países están bajo el
yugo del capital financiero mundial al
que se sometieron los Ben Ali, Muarak
i Gadaffi, que a su vez está controlado
y protegido por el imperialismo.

En el encadenamiento de las reivindicaciones
democráticas y las
sociales reside la clave del avance
de estas revoluciones, en un proceso
de revolución permanente. Si
no se da salida a la falta de trabajo,
se está preparando una involución
también en las conquistas democráticas.
La principal debilidad de
estas revoluciones es que los trabajadores
luchan por una democracia
y por justicia y trabajo, pero no
con el socialismo como bandera, es
decir con la necesidad de acabar
con el sistema capitalista. Y esta
contradicción, junto a la debilidad
(o falta) de las organizaciones revolucionarias
es la que amenaza al
proceso. Por ello es clave la implicación
entusiasta de la izquierda
apoyando la construcción de esas
organizaciones revolucionarias.

Marzo de 2013

Comité de Enlace Internacional

Frente Obrero (Turquia)
Lucha Internacionalista (E. español)

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