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80 años de la revolución española

Una experiencia imprescindible hoy

10 de septiembre de 2016
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El 19 de julio de 1936 la movilización popular encabezada por el movimiento obrero derrotaba el golpe de estado militar en numerosas localidades: Barcelona, Madrid… Las únicas grandes ciudades que los golpistas pudieron tomar fueron Sevilla y Zaragoza.

En Barcelona las banderas rojas y rojinegras llenaron las calles. Se formó el Comité de Milicias Antifascistas, integrado por los sindicatos y los partidos de izquierda para asegurar la derrota del fascismo y tomar el control de los puntos neurálgicos. Se creó el Consejo de Economía, que interviene en la producción ante la huida de gran parte de la patronal. Se extiende rápidamente la socialización de fábricas, tierras, que se ponen bajo control obrero, se coordinan sectores, a menudo con cambios de producción, para ponerla al servicio de las necesidades de la población y de la guerra. También en la enseñanza llega la revolución con la creación del Comité de la Escuela Nueva Unificada (CENU) que, bajo la tutela de CNT y UGT, expropia las escuelas de las órdenes religiosas y planifica un nuevo sistema educativo.

Pero la revolución no se deshizo de las paralizadas instituciones burguesas republicanas y se mantuvo una situación de doble poder, hasta que el poder burgués se recompuso con la ayuda del PCE y del PSUC y acabó con el poder revolucionario.

El POUM, pero sobre todo la CNT, intentaron conciliar los dos poderes, con su participación en los gobiernos republicanos. El impulso revolucionario duró hasta los «hechos de mayo» de 1937 en Barcelona, cuando una acción militar por sorpresa combinada entre el PSUC y ERC golpeó la retaguardia de la CNT y el POUM. La maquinaria estalinista contra la izquierda revolucionaria golpeó en Barcelona. El anarquista Camilo Bernieri fue asesinado, meses después Andreu Nin fue torturado y asesinado por los estalinistas y el POUM sería proscrito.

La derrota de la revolución fue también la sentencia de la guerra, porque no era posible sostener la República si ésta no avanzaba hacia una república obrera.

La II República no resolvió los problemas democráticos históricos ni los del capitalismo en crisis.

El choque frontal entre la revolución y la contrarrevolución del 36, fue el resultado inevitable de la incapacidad de la II República para resolver las contradicciones entre las clases, en medio de la polarización social que resultaba de la crisis económica del capitalismo mundial y la Gran Depresión. La República era un instrumento obsoleto para la burguesía y la reacción porque, tras la experiencia del bienio negro y su derrota en las elecciones de febrero del 36, ya no era capaz de imponer los enormes retrocesos económicos y políticos que precisaba la clase dominante. Necesitaba una derrota decisiva del poderoso movimiento obrero y sus organizaciones, como había ocurrido en Alemania.

Pero la falta de solución a los problemas de los trabajadores/as y los pueblos también hizo que, en los cortos años de la II República, amplias masas sintieran poco a poco una desafección creciente con el proyecto republicano. La República surgió de la descomposición de la Monarquía. Se arrastraban problemas democráticos no resueltos históricamente, como el encaje nacional, la reforma agraria, la separación entre la iglesia y el estado... pero los gobiernos socialistas y republicanos fueron aplazando la ruptura democrática y las medidas económicas que el trabajador/a de la ciudad y del campo precisaba con urgencia.

El Estatuto catalán del 32 era una recortada autonomía lejos de la declaración inicial de Macià en el 31 de República Catalana en una República federal española. La cuestión no resuelta llevó a una segunda declaración de República catalana por Companys en el 34. Crecía también la reclamación vasca y gallega. También en el 32 se descafeinaba la Ley de Reforma Agraria: las tierras continuaban en manos de los terratenientes, mientras el gobierno de turno seguía reprimiendo la lucha del jornalero. El poder terrateniente fue esencial para facilitar en el 36 el avance de la «Columna de la muerte» de Yagüe en Andalucía y Extremadura, sembrando el terror con ejecuciones masivas y torturas. La separación entre iglesia estado, y más concretamente la separación de la iglesia de la enseñanza era otra tarea democrática pendiente. La Constitución se atrevió en el artículo 26 a prohibir a las órdenes religiosas crear centros docentes, pero sólo se aplicó en el 36 bajo el empuje de la revolución.

La Iglesia Católica fue otro poderoso aliado de la reacción fascista.

Tampoco la II República puso fin al colonialismo en el Norte de Africa.

Desde inicios del S XX la guerra en el Magreb había sido motivo de protestas de las clases populares (Semana Trágica de 1909…). Para mantener la colonización se habían desarrollado unidades especiales como los Regulares (1911) con tropa marroquí y la Legión (1920) con mercenarios. Al mando de esas tropas se sucedieron Sanjurjo, Mola y Franco, todos nombres claves del golpe de estado del 36. Tras la derrota de la República bereber del Rif (23-26), la lucha contra la ocupación española y francesa se había replegado a las montañas.

Ni siquiera en la guerra, el Gobierno republicano reconoció el fin de la colonización para colaborar con los insurgentes rifeños que proponían atacar la retaguardia de Franco, como insistían los líderes bereberes.

Llegados al 36, cuando la burguesía decide apoyar el golpe militar, los pilares reaccionarios están prácticamente intactos: el ejército, la iglesia, los terratenientes, la patronal… La posición siempre dubitativa de los Gobiernos republicanos llevó a la pasividad para impedir la sublevación.

En mayo el Director General de la Seguridad informó a Casares y Azaña que el golpe se está fraguando y les entregó la lista de 500 golpistas, pero el Gobierno no actuó y la república quedó a merced de los fascistas. (1)

La revolución española vital para cambiar el curso de la historia europea del s. XX

Frente al ascenso del fascismo en Italia y Alemania y la derrota de Franco, el proceso revolucionario en España era la posibilidad de un cambio en la tendencia histórica. La Gran Depresión había hundido las condiciones de vida de la clase obrera mundial y la experiencia revolucionaria demostraba que podía organizarse la economía al servicio de las clases populares. No es casual que levantara tal entusiasmo para que unos 60.000 luchadores de todo el mundo vinieran a combatir el fascismo, de los que 15.000 dejaron su vida.

Pero precisamente por ello las burguesías «democráticas» europeas y norteamericana, aislaron la República y la revolución. Mientras Hitler y Mussolini entregaban todo tipo de material militar y tropas a Franco, la Francia del Frente Popular de Blum e Inglaterra impulsaron el Comité de No intervención, dejando aislada y sin armamento la España republicana. Las multinacionales americanas siguieron suministrando combustible al bando fascista.

Pero también Stalin subordinó la política española a sus negociaciones con los distintos imperialismos, primero sin éxito con Francia e Inglaterra intentando convencerles que la URSS ni quería ni iba a permitir la revolución obrera, más tarde firmando el Pacto Ribbentrop- Mólotov de no agresión con Hitler.

En plenos procesos de Moscú para destruir físicamente toda oposición y la vieja guardia bolchevique, Stalin hizo llegar sus agentes para dirigir la derrota de la revolución y el asesinato de militantes. Los aviones, tanques y armamento soviético, imprescindibles para limitar la absoluta superioridad militar de los fascistas, se puso al servicio de determinar la política de los gobiernos republicanos y facilitar al PCE y el PSUC en Catalunya su control.

1936- 2016. La revolución pendiente

Pero tras el largo invierno franquista de más de 40 años, los problemas no resueltos por la II República y agravados por la dictadura, volvieron con fuerza. A la muerte del dictador, el Pacto de la transición monárquica intentó cerrar bajo siete llaves todo lo que recordara a República o revolución. Pero con la gigantesca crisis actual del capitalismo, de ese armario han vuelto salir con renovada vitalidad las tareas democráticas pendientes en el 36.

700.000 jornaleros en paro necesitan trabajo y ¿donde sino en la tierra lo van a encontrar?. Y propietarios de esas tierras son los Duques y señoritos nietos de los terratenientes de hace 80 años, que gozaron de todos los privilegios bajo el franquismo: la reforma agraria y la propiedad de la tierra siguen siendo claves. La lucha por la libertad de las naciones se reactiva, en Catalunya, en Euskadi, en Galiza y los gobiernos de la Monarquía no tienen otra respuesta que «España no se rompe», que «antes roja (de la sangre) que rota». Y la iglesia católica sigue conservando una posición privilegiada, de exención de impuestos, de financiación pública, de poder en la enseñanza y la sanidad.

La corrupción en las instituciones, partidos y patronal no sólo es el resultado natural de las relaciones capitalistas sino de la impunidad que consagró la transición.

Ciertamente el movimiento obrero no tiene la organización poderosa y combativa de los años treinta, pero la necesidad de salir del desastre en el que nos está hundiendo la crisis capitalista es más fuerte que hace 80 años. De nuevo las fuerzas que surgen como alternativa de izquierdas a los ya desgastados partidos de la transición intentan decirnos que no sólo no es necesaria la revolución sino que ni tan siquiera hay que acabar con la Monarquía, que autodeterminación si… pero… en el marco constitucional, que se puede conciliar con la Unión Europea… porque todo es reformable: la monarquía, el centralismo, el capitalismo… hasta los bancos, la Guardia Civil y el ejército. De nuevo la polémica en la izquierda es entre reforma y revolución.

Como ocurre en Europa, mientras la nueva izquierda se empantana en el imposible reformismo y la moderación para no preocupar a los capitalistas y las instituciones del estado, la extrema derecha aprovecha la falta de salida desde la izquierda a la desesperación obrera y popular, para apuntar contra las instituciones de la UE, denunciar demagógicamente a banqueros y políticos, introducir la división y el odio en las filas de la clase obrera y los sectores populares, denunciando al inmigrante, haciendo renacer el gran nacionalismo opresor… al servicio de salvar de nuevo al capitalismo. Por eso no hay otro camino para la clase obrera y los pueblos que el que se atrevieron a andar nuestros y nuestras abuelas hace 80 años.

Pero las revoluciones no se dictan, estallan cuando los acontecimientos las precipitan, para entonces hay que tener organización y programa para dar respuesta y ayudar a construir el nuevo camino.

La revolución del 36 debe estar más viva y presente que nunca porque es una fuente inacabable de enseñanzas para abordar el futuro.

(1) Pedro L. Angosto, José Alonso Mallol, el hombre que pudo evitar la guerra.(Instituto de Cultura Juan Gil Albert, Alicante, 2006)

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Monarquia NO, ¡República!

70 aniversario de la revolución de Asturias.

Propiedad y gestión de las empresas en la Revolución española.

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