Por la reconstrucción de la IV. Internacional

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Caída del muro de Berlín - I I

5 de marzo de 2010
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Este artículo completa el suplemento publicado en LI 100, a propósito del 20 aniversario de la caída del Muro de Berlín (http://luchainternacionalista.org/I...)

La caída del Muro hunde el orden de Yalta y Potsdam.

Decíamos en el suplemento que la división de Alemania –junto a la contención de los procesos revolucionarios en curso- fue la clave de bóveda de los acuerdos de reparto de Europa entre las potencias vencedoras. Con esos acuerdos y a pesar de que entre la burocracia estalinista y el imperialismo hubo tensiones, a veces a punto de desembocar en conflictos armados (como la crisis de los misiles en Cuba), la relación esencial entre la burocracia estalinista y el imperialismo no era la «guerra fría», sino la llamada «coexistencia pacífica».

La expresión «coexistencia pacífica » con el imperialismo fue acuñada por Kruschev cuando accedió al poder tras la muerte de Stalin en 1953. Con ese término, la burocracia del Kremlin explicaba que había que mantener una política de no agresión hacia el imperialismo, con las concesiones necesarias, para concentrarse en el desarrollo productivo de la URSS. Este era el camino para superar el capitalismo. Así pues la «coexistencia pacífica» era la otra cara de la moneda del «socialismo en un solo país», que había sido la política de Stalin. Ejemplo de ello fueron la disolución de la III Internacional, dictada el 15 de mayo de 1943 sin congreso alguno que la ratificara, o los pactos de Yalta y Potsdam. Frente a esa política, el trotskismo demostró la imposibilidad de alcanzar el desarrollo del socialismo avanzando en un solo país y defendió la necesidad de potenciar el internacionalismo de clase, en un combate permanente con el imperialismo. La imagen de enfrentamiento permanente -al borde de la guerra- fue un instrumento muy útil para ambos sectores en muchos sentidos:

1) para aplicar una política de persecución interna ante un supuesto enemigo exterior que busca la destrucción del régimen. Son conocidos los enormes crímenes al acabar la II Guerra Mundial no sólo sobre disidentes y sobre pueblos enteros obligados a abandonar su territorio, pero también lo fue en EE.UU., en el mismo periodo, la caza de brujas de dirigida por el senador Joseph McCarthy en la que se golpeó a toda la izquierda, sospechosa de ser agente soviético o simpatizante del comunismo;

2) para extender un reparto de mundo a imagen y semejanza de Europa en zonas de influencia, fuera de las cuales sería inconcebible situar un estado. El realineamiento de todo proceso político en el marco de uno u otro bloque permitió un control y una presión conjunta sobre procesos revolucionarios, como ocurrió para cerrar la etapa de revoluciones abierta en Europa por la guerra, o en la traición a numerosos procesos como la revolución española del 36. Este reparto de funciones no impedía la disputa del control sobre terceros países por parte de la burocracia y el imperialismo, como disputas de mercados de armamento.

La caída del muro en el 89, que arrastró el hundimiento de los regímenes estalinistas, acabó con esta forma de reparto de funciones entre imperialismo y burocracia para controlar mejor el mundo. Los nuevos procesos se iban a enfrentar a un mundo con un «solo poder», el imperialista y, curiosamente, en lugar de ir a más estabilidad se entró en un periodo de «menos estabilidad política» de los gobiernos y estados. La resistencia de las masas no iban a tener el referente del bloque burocrático, su fuerza como única alternativa real y con una burocracia con una enorme fuente de poder y dinero. Esto, por sí solo, no resuelve la formación de nuevas direcciones revolucionarias, pero acabar con el corsé estalinista fue soltar lastre, algo imprescindible para recomponer y reconstruir el movimiento obrero. Mientras esa dirección revolucionaria no se pueda reconstruir, otras formas de populismo y demagogia, corrientes nacionalistas o religiosas, vendrán a ocupar la dirección de la resistencia de masas.

La importancia de la unidad de la clase obrera alemana

La reunificación alemana no sólo supuso redefinir una nueva Europa y un cambio de relaciones entre Francia y Alemania, sino que posibilitó la reconstrucción de la clase obrera alemana. Muchos son los que hoy cuestionan el papel de la clase obrera en una futura revolución y más aun de la clase obrera de países desarrollados, y más concretamente de la clase obrera alemana. Nosotros no compartimos ni lo uno ni lo otro.

La clase obrera alemana fue un componente esencial en la formación de la clase obrera internacional, y el más determinante en la construcción de la II Internacional. El potente, aunque tardío, desarrollo capitalista hizo de Alemania un lugar en el que las contradicciones de la lucha de clases iban a tomar formas extremas. La burguesía alemana formó y desarrolló su potente maquinaria industrial cuando el mundo ya estaba repartido y sólo podía expandir sus enormes fuerzas productivas a costa de otras potencias. Por dos veces, en 1914 y 1939, intentó la conquista de nuevos mercados enfrentando las viejas potencias coloniales, pero ambas en guerras mundiales fue derrotada. Sin embargo, al calor de ese enorme desarrollo industrial se iba a formar el proletariado más concentrado y numeroso de Europa y con él iban a crecer corrientes revolucionarias.

No es casual que Alemania fuera el escenario en el que sucumbieron la II y la III Internacionales. La II en agosto de 1914 cuando los diputados del SPD (con la excepción del ala izquierda) votaban los créditos de guerra, aprobando la guerra imperialista y traicionando sin retorno los principios del internacionalismo de clase. La III Internacional en marzo del 33, cuando el Partido Comunista Alemán (con el apoyo de Stalin) permitió sin combate la llegada al poder de Hitler y precipitó la catástrofe de la clase obrera. Y no es casual que el debate en toda la izquierda, y entre los partidos y corrientes que se reclaman de la IV Internacional tiene y tuvo, inevitablemente, como puntos de su agenda la caída del muro de Berlín, el hundimiento del estalinismo, y el proceso de restauración en la exURSS y demás estados del este. Sólo desde la comprensión de lo ocurrido es posible seguir desarrollando una política revolucionaria coherente, pues la IV Internacional tiene su papel en la historia si sabe dar respuesta a los procesos de degeneración burocrática que empañaron el nombre del socialismo y que acabaron hundiéndose por el impulso de las masas.

La clase obrera alemana integra hoy la experiencia de la lucha no sólo contra la Alemania de los monopolios sino también contra el poder burocrático que dominó la parte oriental. Nadie puede afirmar por donde empezarán los choques decisivos entre las clases en Europa, pero lo que sí es seguro es que el papel de la clase obrera más desarrollada y numerosa de Europa va a jugar un rol determinante en el desarrollo de esa confrontación.

A modo de conclusión: revolución y socialismo sí, estalinismo nunca más

El pueblo de la exRDA impuso con su levantamiento la reunificación alemana. Este fue un avance democrático imprescindible, saliendo del estado-prisión en que vivían confinados. Sin embargo, las posibilidades de que esa reunificación se hiciera hacia el socialismo o en un marco no capitalista se habían ahogado en el 53 en las calles de Berlín bajo los tanques de Stalin. Por eso la burguesía alemana, con el democristiano H. Kohl, pudo ponerse al frente de ese proceso de reunificación.

La gran contraofensiva imperialista que acompañó los años 80 se basaba en explicar que no hay alternativa al capitalismo y que lo ocurrido en esa década y la siguiente en la exURSS y los países del este europeo confirman que el proyecto revolucionario creó un monstruo del que el propio pueblo necesitó décadas para librarse. Esta lectura es común de la burguesía, la socialdemocracia y buena parte de los propios dirigentes estalinistas reconvertidos hoy en socialdemócratas, cuando no directamente en derecha pura y dura. Las direcciones sindicales mayoritarias, controladas en su gran mayoría por la socialdemocracia comparten que no hay alternativa al capitalismo.

En el S. XX, en un tercio de la Humanidad (URSS, China, Este europeo, Cuba,…) hubo procesos revolucionarios que acabaron con el capitalismo como sistema imperante en esos países. Estos sistemas sucumbieron y, a finales de siglo, el capitalismo recuperaba el control del planeta. Pero hay que preguntarse, ¿fueron las revoluciones como una enfermedad contagiosa sin más? No, los procesos revolucionarios no los crea nadie, sino que responden a profundas necesidades de las masas trabajadoras que expresan que el sistema capitalista está llegando a su fin y en lugar de permitir una mejora de las condiciones de vida se vuelve en su contrario. Otra cosa es que ese movimiento objetivo, que desemboca en la revolución, sin programa y sin organización pueda ser estéril, o que, con un programa y una organización no revolucionaria (burocrática como en China o contrarrevolucionaria como en Irán) conduzca a un callejón sin salida que exija nuevos procesos revolucionarios para continuar.

La pregunta clave es: ¿siguen existiendo o profundizándose las razones que empujaron a millones en el siglo pasado contra el poder y el sistema capitalista? La respuesta es sí, se siguen agravando. El capitalismo es cada vez más incapaz de garantizar los más elementales medios de subsistencia para la Humanidad, haciendo volver enfermedades ya desterradas y hambrunas, con enormes zonas del planeta donde el hambre y la miseria no dejan de crecer. Así pues, el motor objetivo de la respuesta de las masas sigue estando. Es más, como ya dice el Programa de Transición, las condiciones no sólo están maduras sino que empiezan a descomponerse. Marx escribía así acerca del carácter de las revoluciones obreras:

«La revolución social del s. XIX no puede sacar su poesía del pasado, sino solamente del porvenir. No puede comenzar su tarea antes de despojarse de toda veneración supersticiosa del pasado. Las anteriores revoluciones necesitaban remontarse a los recuerdos de la historia universal para aturdirse acerca de su propio contenido. Las revoluciones del s. XIX debe dejar que los muertos entierren a sus muertos, para cobrar conciencia de su propio contenido. Allí la frase desbordaba el contenido; aquí, el contenido desborda la frase.» (…)

«Las revoluciones burguesas, como la del siglo XVIII, avanzan arrolladoramente de éxito en éxito, sus efectos dramáticos se atropellan, los hombres y las cosas parecen iluminados por fuegos de artificio, el éxtasis es el espíritu de cada día; pero estas revoluciones son de corta vida, llegan en seguida a su apogeo y una larga depresión se apodera de la sociedad, antes de haber aprendido a asimilar serenamente los resultados de su periodo impetuoso y agresivo. En cambio, las revoluciones proletarias, como las del siglo XIX, se critican constantemente a sí mismas, se interrumpen continuamente en su propia marcha, vuelven sobre lo que parecía terminado, para recomenzarlo de nuevo, se burlan concienzuda y cruelmente de las indecisiones, de los lados flojos y de la mezquindad de sus primeros intentos, parece que sólo derriban a su adversario para que éste saque de la tierra nuevas fuerzas y vuelva a levantarse más gigantesco frente a ellas, retroceden constantemente aterradas ante la vaga enormidad de sus propios fines, hasta que se crea una situación que no permite volverse atrás y las circunstancias mismas gritan: «Hic Rhodus, hic salta! ¡Aquí está Rodas, salta aquí! (K. Marx «El dieciocho Brumario de Luis Bonaparte»)

Así pues, es imprescindible analizar las contradicciones de las revoluciones del s. XX, entender las degeneraciones burocráticas. Lo que ha fracaso en la exURSS y el este europeo no ha sido el socialismo sino el régimen de poder de la burocracia estalinista. Para algunos, esta burocracia que había expulsado del poder cualquier forma de democracia obrera era un proyecto con algunas equivocaciones, pero el único camino posible; para otros es el resultado ineluctable de todo proceso revolucionario. Para nosotros, la burocracia se levanta como una casta que parasita el estado que ha expropiado a la burguesía. Trotsky lo definió en un principio como un centrismo burocrático, lo primero quería definir una corriente que se desplazaba entre la revolución y el capitalismo haciendo zigzags, que sólo tenían por función asentarse en el poder y destruir a derecha e izquierda toda oposición.

Pero esa política zigzagueante de los años veinte dejó paso a la consolidación de un proyecto político extraño a la clase obrera, que la expropiaba de todo poder político. Es a partir de esa realidad que la caracterización de Trotsky cambia, y define a la burocracia como un agente de la reacción, como un instrumento del imperialismo contra el estado obrero. Esa nueva caracterización hace que necesariamente la tendencia de esa burocracia sea –a más o menos largo plazo- destruir el estado obrero y proceder a la restauración del capitalismo. Y eso es lo que ha sucedido exactamente, la burocracia ha sido el agente de la restauración contra la propiedad estatal de los medios de producción. De forma completada lo vemos en China, el resto de proyectos quedaron a medio camino pues el movimiento de masas destruyó el aparato estalinista y el poder de un estado imprescindible para imponer con mano de hierro la restauración y hundir las condiciones laborales y de vida de los trabajadores y trabajadoras.

Así pues, la burocracia era el instrumento de la restauración y no la protectora de la revolución. La burocracia enterró la revolución en la URSS, y desde esa posición de fuerza determinó el control de procesos revolucionarios que fueron burocratizados. El estado de los soviets que se había construido en el proceso revolucionario se había convertido en un sistema de opresión sistemático y de persecución de cualquier crítica política, un estado que tenía por objetivo preservar el poder de la burocracia. No se trata de una cuestión de buenos y malos sino de preservar las condiciones materiales y políticas que distinguían a la casta burocrática, como actúan los dirigentes políticos o sindicales para preservar su puesto de poder con maniobras de todo tipo, pero tratándose de un poder inmensamente superior, el del estado.

Con un programa por el socialismo, que incorpora un combate permanente contra la burocratización de las organizaciones obreras, precisamos reconstruir una nueva organización internacional porque la tendencia destructora del capitalismo llevará de nuevo a las masas a «una situación que no permite volverse atrás y las circunstancias mismas gritan». Para entonces: socialismo sí, estalinismo nunca más.

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