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El Estado Español mantiene impunes los crímenes del franquismo

29 de mayo de 2010

Han pasado casi setenta y cinco años del alzamiento militar y de varias organizaciones fascistas y burguesas contra el gobierno de la II República que, pocos meses antes había salido de la victoria electoral del Frente Popular. El resultado de la guerra impuesta que se derivó permitió el establecimiento de la dictadura franquista y su posterior reforma en el régimen monárquico actual. Por el camino quedaron, además de las víctimas del conflicto bélico, miles y miles de personas desaparecidas y asesinadas, con o sin juicio previo, centenares de miles de presos y presas políticas y de exiliados. En definitiva, los pueblos y la clase trabajadora del Estado Español vieron secuestradas sus esperanzas y opciones de llevar a término una revolución popular que, en algunas zonas, llegó a iniciarse al principio de la Guerra. Todavía hoy sufrimos, en gran medida, las consecuencias de este secuestro.

La construcción de la dictadura franquista, un auténtico régimen fascista, se hizo en gran parte sobre el exterminio de la oposición política, en especial de las fuerzas obreras y campesinas revolucionarias y de las izquierdas en general. Además de los consejos de guerra sumarísimos que condenaron a muerte a decenas de miles de personas, los partidarios del alzamiento recurrieron a las desapariciones forzosas y posteriores asesinatos de miles de sindicalistas, militantes de partidos políticos, maestros y maestras, campesinos y obreros, etc. Muchos de ellos todavía hoy se encuentran enterrados en las miles de fosas comunes clandestinas dispersas por campos, cunetas y cementerios del Estado Español. La magnitud de la represión fue tal, que todavía hoy en día se desconoce el número exacto de muertes, en parte debido al obstruccionismo que el Estado ha impuesto a las investigaciones sobre este tema. Las cifras más recientes, fruto de la investigación de algunos historiadores, suponen una recopilación con el nombre de más de 132.000 personas fusiladas, aun cuando hay consenso en que el número real es aún mucho mayor. Los cerca de 30.000 desaparecidos de la dictadura argentina se quedan cortos ante la magnitud de estos datos. La finalidad de esta represión fue exterminar a las fuerzas políticas y sociales revolucionarias en el Estado Español, y a aquellas que defendían, desde posturas de izquierdas, los derechos de las naciones que lo integran. Y, en definitiva, atemorizar al conjunto de la población.

El carácter fascista del régimen de Franco quedó claro desde el principio. Incluso las Naciones Unidas, en el año 1946, incluyeron la dictadura franquista dentro de las potencias del Eje, asimilándola a los regímenes de Hitler y Mussolini, considerándola ilegal. El derecho internacional, por otro lado, también permite condenar de manera clara la represión promovida por el fascismo en el Estado Español. Los actos sistemáticos de tortura o los abusos contra la población civil ocurridos a medida que avanzaba el ejército franquista eran crímenes recogidos ya en la época por las convenciones de Ginebra de 1864 y de La Haya de 1899 y 1907. Posteriormente, en el año 1946, el Tribunal Militar Internacional de Nüremberg calificó estas actuaciones contra la población civil como Crímenes de lesa humanidad o Crímenes contra la humanidad y extendió su jurisdicción a los años anteriores a la Segunda Guerra Mundial. En definitiva, los crímenes del franquismo eran delitos muy graves ya en el momento en que se cometieron.

La denominada Transición política, escenificada en parte en los Pactos de la Moncloa del octubre de 1977, impuso el silencio sobre estos hechos. La Ley de Amnistía de 1977 ha frenando cualquier investigación de estos hechos con el fin de establecer responsabilidades jurídicas. La Ley de la Memoria Histórica (52/2007), aprobada por el PSOE con el apoyo, entre otros, de CIU e IU-ICV, no cambia la tipificación legal de la violencia fascista. Si bien sobre el papel hace un reconocimiento moral de «todas las víctimas » (olvidando el carácter político del conflicto) y considera ilegítimas las sentencias represivas franquistas, en ningún momento las anula ni las considera ilegales. En definitiva, perpetúa la consideración jurídica que el régimen franquista hizo de los hechos inmediatos (desde la revolución del 1934) y los sucedidos durante la Guerra Civil mediante las Leyes de Responsabilidades Políticas del 1939 y la Causa General iniciada el año 1940. En paralelo, el Estado Español se ha negado sistemáticamente a ratificar las medidas internacionales para la búsqueda de personas víctimas de desapariciones forzosas (en su última versión, la Convención internacional para la protección de todas las personas contra las desapariciones forzosas, incluida en la resolución 61/177 aprobada en 2007 por la Asamblea General de la ONU). Esta convención obliga a los estados que la firman a investigar cualquier sospecha de desaparición forzosa, hecho que incluía directamente las motivadas por el franquismo. También en el año 2008 el Comité de Derechos Humanos de la ONU reconoció esta situación en su informe anual y pidió al gobierno español la derogación de la Ley de Amnistía del 1977.

¿Cómo se explica, pues, que el Estado Español, todavía hoy, no haga ningún caso de las recomendaciones de organismos internacionales que no son nada sospechosos de ser revolucionarios? No hace falta hacer demasiada memoria para recordar quién designó al actual jefe del estado. Ni hace falta investigar demasiado para ver cuál es la situación actual de las fortunas que se acumularon durante la dictadura, a menudo aprovechándose de las confiscaciones o compras a bajo precio de propiedades de las personas represaliadas políticamente. Tampoco hace falta buscar demasiado para encontrar qué papel tuvo un amplio sector de la burguesía de la época, y entre esta la catalana, de apoyo a la causa fascista.

Una mirada atrás, ahora a un periodo más reciente en el tiempo, nos muestra también que la denominada Transición tampoco fue ni tan modélica ni tan consensuada como generalmente se quiere hacer pensar. Los programas de reformas radicales que supuestamente defendían PSOE y PCE se desvanecieron rápidamente a medida que sus cúpulas pactaban, con el régimen, la reforma política en la que consiguieron de éste concesiones generalmente bastante exiguas. En paralelo, esta Transición fue también impuesta en gran medida, como muestran las cerca de 180 muertes por causas políticas que hubo entre 1975 y 1980 en el Estado Español.

En definitiva, la revisión jurídica del franquismo sigue pendiente. Y sigue pendiente porque así se pactó durante la Transición. La actual polémica en torno al juez Garzón parece un nuevo capítulo para desviar la atención del problema de fondo, que es la legitimidad de las instituciones políticas actuales del Estado Español, Audiencia Nacional (heredera directa del Tribunal de Orden Público franquista) incluida. Y mientras tanto, una última pregunta queda todavía abierta. ¿Qué responsabilidades hace falta imputar también a aquellos que, conociendo los crímenes de lesa humanidad del fascismo, pactaron el silencio y el olvido impuesto por la Transición?

Ermengol Gassiot Ballbè

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