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Declaración del CEI

¡La revolución tunecina y magrebí está en marcha!

21 de enero de 2011
Escritor(a) : 
CEI

El pueblo tunecino ha derrotado al clan del ex presidente dictatorial, Zine El Abidine Ben Alí, por medio de una revuelta histórica con una movilización permanente y heroica en todo el país. La chispa que dio paso a la insurrección fue la inmolación del joven parado, Mohamed Bouazizi, el 17 de diciembre del año pasado, en protesta de que unos policías volcaran su carro de vendedor ambulante por no tener licencia. El gesto de auto sacrificio de éste joven licenciado en informática y el desprecio de los cuerpos de seguridad del régimen eran tan impetuoso que todo un pueblo, con los jóvenes a la cabeza, lo tomó como la última gota que desbordaba la paciencia de las masas ante un régimen dictatorial, corrupto y al servicio del imperialismo, sobre todo el francés. A partir de allí las protestas se extendieron a todas las ciudades –incluso a otros países como Argelia y Jordania- convirtiéndose en una insurrección nacional.

Tanto la represión brutal que ejerció el régimen contra las masas que tomaron las calles –dejando 78 muertos y 98 heridos-, como las “concesiones” de Ben Ali –primero declaró que no iba a presentarse a las elecciones presidenciales del 2014, y luego que convocaría las elecciones en seis meses- no convencieron al pueblo, que conocía muy bien el cinismo de un régimen hipócrita. La presión de las movilizaciones era tan fuerte que la burocracia de la UGTT (Unión General de los Trabajadores Tunecinos), el fiel aliado del régimen militar-policíaco, se vio obligada a apoyar las protestas y abrir sus oficinas a los rebeldes para que las utilizaran como centros de reunión y coordinación. Mientras tanto, sectores de trabajadores –sobre todo sanidad, transporte, minería y educación- declararon huelgas reivindicando democracia y trabajo. Con la entrada de la clase obrera en el proceso revolucionario el régimen agotó todas sus posibilidades de aguantar la revuelta, con Ben Ali aún al frente, y al final envió al clan del Presidente al exilio el 14 de enero, que aterrizó en Arabia Saudí después de ser rechazado por su fiel aliado benefactor, el francés Nicolás Sarkozy.

La revolución en curso

A partir de que Ben Ali huyera al exilio, el primer ministro del régimen, Mohamed Ganouchi, asumió las funciones presidenciales, pero poco después fue relevado por el hasta entonces presidente del Parlamento, Fued Mebaza que encargó a Ganouchi la formación de un nuevo gobierno de “concentración nacional”. Así pues, han empezado las maniobras del régimen intentando cambiar todo para que nada cambie. Ganouchi incorporó a su gobierno dirigentes de tres partidos legales y poco significativos en el país –Partido Democrático Progresista, Foro Democrático por el Trabajo y las Libertades, y Ettajdid (“Renacimiento”)- y algunos “independientes” para dar al nuevo ejecutivo un formato democrático y de unidad nacional. Sin embargo, conservó todos los puestos importantes –ministerios de interior, exterior y defensa- para su partido, el Reagrupamiento Constitucional Democrático (RCD), que gobernó al país de manera dictatorial más de 50 años.

La primera reacción de la mayoría de los tunecinos ante esta maniobra fue de desconfianza, hasta el punto de que varios miles de personas tomaron otra vez las calles para exigir la disolución del partido de Ben Ali, gritando “La revolución continúa… Fuera el RCD…” Mientras la policía dispersaba a los manifestantes con cañones de agua, granadas lacrimógenas y tiros al aire, Ganouchi intentó calmar y desmovilizar a las masas con nuevas promesas: que las formaciones políticas que lo soliciten serían legalizadas de cara a los próximos comicios legislativos, "que se celebrarían en seis meses", y que los presos de conciencia podrían abandonar las prisiones. Los “cambios” también incluían la eliminación del Ministerio de Información y la investigación de todos los sospechosos de corrupción.

Por otra parte, ante las provocaciones y pillajes de las bandas de esbirros y de los miembros de la vieja guardia presidencial de Ben Ali, que intentaron crear confusión y caos entre la población, se crearon milicias populares de vigilancia entre los vecinos en varias ciudades y barrios. Esas milicias también se pusieron a la búsqueda de los colaboradores del régimen y empezaron a confiscar diversos bienes de “la familia” de Ben Ali robados del pueblo.

También reina la desconfianza hacia el nuevo gobierno en los sectores que hoy por hoy no ven condiciones para que puedan celebrarse elecciones realmente democráticas. Lo más importante es que dentro del sindicato de la UGTT, hay fuerzas que rehúsan la formación de un gobierno en que esté representado el partido del régimen de Ben Ali. Estos grupos temen que se produzca una transición política tutelada por la formación que ha dirigido el país durante la dictadura. Las bases regionales de la UGTT del oeste y del sur apuestan por una ruptura con el régimen anterior. Se trata de los sectores de las zonas donde se forjó “la revolución del jazmín” y están en contra de las posiciones de la dirección estatal del sindicato, que se ha mostrado partidaria de entrar al gobierno de unidad nacional. Prueba de este rechazo frontal es la manifestación del lunes 17 de enero para pedir la disolución del partido del régimen en Gafsa, una zona del suroeste del país donde hay minas de fosfatos (una de las principales fuentes de ingresos de Túnez). Las manifestaciones de los trabajadores del martes 18 han obligado a la dirección de la Confederación a retirar sus tres miembros del gobierno de Ganouchi y a pedir la disolución de la RCD.

En las ciudades de Gafsa, Kasserine, Sidi Bouzid o Tala, donde las movilizaciones cumplen ya más de un mes, tras la huída de la policía y de las autoridades municipales, se han organizado comités populares que se encargan de organizar la seguridad, el abastecimiento, la sanidad, la limpieza… en algunos casos son electos y están formados mayoritariamente por sindicalistas, maestros y los abogados que se han enfrentado al régimen. Son estos comités los que siguen convocando las manifestaciones contra una transición pactada.

¡Que no nos roben la revolución!

Todo indica a que el régimen militar-policíaco tunecino, con el apoyo del imperialismo estadounidense y europeo, intentará sofocar la revolución en curso combinando la represión con una política de reacción democrática, a través de un nuevo parlamento electo entre los partidos burgueses y aliados del imperialismo. Un parlamento y un gobierno que tal vez investigarán los “excesos” de corrupción de los Ben Ali, pero que seguirán con las privatizaciones de las empresas públicas; que tal vez castigarán a un par de altos cargos de las instituciones de seguridad del antiguo gobierno, pero que no desmantelarán esencialmente la maquinaria de represión estatal; que tal vez legalizarán los partidos políticos, pero que golpearán a todas las corrientes revolucionarias con la justificación de la “lucha contra el terrorismo”.

Pero las cínicas manipulaciones del imperialismo no acaban con la formación de un nuevo gobierno con la herramienta del viejo régimen (la RCD): mientras Sarkozy forma un “gobierno en el exilio” en Paris con políticos fieles, Gran Bretaña se prepara a enviar a Túnez al líder del partido islamista Ennadah, Rached Ghanuchi, exiliado en Londres desde el 1989. Por su parte, EE.UU. garantiza la permanencia del país en el mercado capitalista internacional con la colocación de Mustafa Kamel Nabli, un alto funcionario del régimen de Ben Ali que colaboró estrechamente con el Banco Mundial en el expolio de Túnez, como director del Banco Central tunecino.

El futuro de la revolución tunecina depende ahora de la movilización permanente de la clase trabajadora, las bases de la UGTT y de la juventud, y en la permanencia, la generalización y la centralización de las milicias populares. La disolución de la RCD y el desmantelamiento de los aparatos de represión del régimen (la policía y el ejército) por los trabajadores y las organizaciones populares parecen ser los primeros pasos para acabar con el régimen bonapartista reinante en el país desde su fundación. Este régimen es el instrumento perfecto del imperialismo para dominar a Túnez como un país semicolonial, para expoliarlo y utilizarlo como punta de lanza para someter a los pueblos árabes en el Magreb.

Por ello, hasta el último momento, la Unión Europea, y particularmente el imperialismo francés, ha sostenido a Ben Ali. La complicidad del imperialismo con la dictadura queda clara con las palabras de la ministra de Exteriores francesa, Michèle Alliot-Marie, que ofreció la semana pasada formación antidisturbios al régimen cuando estaba asesinando a manifestantes en las calles. El lunes, el Parlamento Europeo desestimó, con votos de la derecha y la socialdemocracia, una resolución en apoyo a la revolución tunecina y condena a la dictadura.

La legalización de todos los partidos y la formación de una Asamblea Constituyente soberana que asuma todos los poderes serán las garantías para acabar con el antiguo régimen y dar los primeros pasos hacia un sistema verdaderamente democrático. Y también, para tener una económica más justa, con salarios dignos y trabajo para todos, parece ser esencial la confiscación de los bienes del clan de Ben Ali robados al pueblo, la expropiación de los intereses del imperialismo en el país y el diseño de un plan económico centralizado bajo el control de los trabajadores. El pueblo tunecino ni tiene que cargarse con la deuda externa: ¡Que la paguen Ben Ali, su familia y los ladrones del antiguo régimen!

La revolución tunecina será el primer golpe al imperialismo y sus gobiernos lacayos en el Magreb. De hecho ya han empezado movilizaciones en Egipto, Argelia, Marruecos, Mauritania, Jordania, Arabia Saudí… Gaddafi de Libia está elogiando por su “labor” a Ben Ali por miedo a las masas que esperan acabar con el dictador. Los países imperialistas piden “volver a la normalidad” en Túnez para seguir con su expolio en África del Norte y Oriente Medio. Una victoria obrera y popular revolucionaria en Túnez cambiará toda la situación en la zona y dará un empujón hacia la emancipación social y política de los pueblos árabes.

La solidaridad internacional es clave para el triunfo de los trabajadores y los jóvenes tunecinos. Las organizaciones obreras y democráticas en Europa deben tomar como una prioridad el apoyo a la revolución en curso.

¡Viva la revolución tunecina!

¡Viva la revolución árabe internacional!

¡Imperialismo fuera del Magreb!

CEI – 18.01.2011

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