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Sobre el decreto contra el burka

30 de noviembre de 2010

En la Campaña contra el decreto del
burka en Barcelona, los diferentes
colectivos que formamos parte de
ella seguimos haciendo charlas en
varios espacios, y en todos ellos se
ha dado un denominador común en
el debate: la concepción de que las
mujeres musulmanas están más
oprimidas que las occidentales y que
el velo y el burka, en concreto, son
intolerables en nuestro contexto.
Pese a que como organizadores de la
Campaña no defendemos el burka,
siempre hemos manifestado que el
«decreto contra el burka» es más
peligroso para ellas que el mismo
burka, porque las expulsa de los
espacios públicos y las recluye de
nuevo en el ámbito privado, y que su
relación con el mundo exterior y su
incorporación al trabajo productivo
es lo que las hará desarrollar sus
relaciones y, en su día, decidir cómo
deben ser.

Para seguir reflexionando sobre la
problemática del burka y del velo
que, en Francia, está prohibido en las
escuelas, se presenta un extracto del
Curso «Lucha contra la opresión de
la Mujer» del año 1997, de Maria
Cecília Garcia, secretaria Nacional de
Mujeres del PSTU brasileño, publicado
por LI en el suplemento de marzo
2001. La caracterización de la explotación
y la opresión de las mujeres
continúa vigente, y por ello creemos
interesante presentar la parte que
versa sobre la religión como refuerzo
de la opresión sobre las mujeres,
tanto en «occidente» como en el
mundo musulmán, para avanzar en
el discurso y aportar valores de
reflexión. A pesar de todo, podemos
pensar que las jóvenes que en
Francia llevan el velo a pesar de la
prohibición de su gobierno tienen
unas condiciones de vida más
occidentales y tienen acceso a la
formación, -cosa que ahora intentan
prohibir al mismo tiempo que el
velo- y al trabajo, pero ahora, en
este contexto, se añaden otros
elementos, además del imperialismo
occidental en sus países de origen,
como la crisis económica y el
racismo del gobierno de derechas
de Sarkozy.

«Las religiones como
refuerzo de la opresión»

La mayoría de las concepciones
en boga en relación con la
mujer son fruto de una evolución
histórica y producto de las
condiciones sociales y económicas
de las diversas épocas.

Y en este sentido, las religiones,
en general, cumplen un papel
decisivo en la supervivencia y
propagación de la idea de que
la mujer es el «sexo débil» y un
«ser inferior» y ayudan a mantenerla
subyugada y oprimida.
Veremos, a título de ilustración,
el modo en que dos religiones
– el catolicismo y el islamismo-
tratan la cuestión de la
mujer.

La iglesia más poderosa durante
la Edad Media en Occidente,
la católica, construyó
toda una doctrina que, todo y
estar ultrapasada en muchos
aspectos, se mantiene hasta
hoy. Sus preceptos serían, en
su mayor parte, concebidos por
aquellos hombres que la historiadora
Joyce Salisbury denomina
«padres de la Iglesia» (...)

Cuando su religión empezó a
difundirse por el Imperio Romano,
los adeptos al cristianismo
se encontraron con un problema
para explicar: el de la sexualidad.
El cristianismo rehusaba la
sexualidad licenciosa que marcó
Roma, pero necesitaba explicar
el lugar del sexo en la creación
y definir el papel que las relaciones
sexuales deberían representar
en la vida. Esta misión fue
cumplida por los cuatro primeros
teólogos «padres de la Iglesia» que
tenían una visión dualista de la
sexualidad, es decir, que la sexualidad
tenía dos bandas; trazaban
una línea que dividía el cuerpo humano
en carne y espíritu, definían
el sexo como un mal, como
algo repugnante contra lo que el
hombre debía luchar siempre,
practicando el ascetismo. (...)

Como que se esperaba que el espíritu
gobernara la carne, el hombre
estaba predestinado a gobernar
a la mujer. Isidoro de Sevilla
sintetizó este pensamiento: «Las
mujeres se encuentran bajo el
poder de los hombres porque ellas
son, en general, volubles. Por ello
deben ser gobernadas por el poder
masculino.» También se refiere
al hombre como «cabeza de la
mujer».

El hombre sería poder y cabeza
y le daban el poder de gobernar
que se transformaba en característica
propia; la mujer sería tentación,
y todo lo que desvía a los
hombres de las cosas espirituales
lo encarnaba la mujer. La palabra
femenina viene del griego, derivada
del fuego y su concupiscencia
es muy apasionada: las mujeres
son más libidinosas que los hombres.

Los padres de la Iglesia llegaron
a caracterizar a las mujeres como «la contrapuerta del diablo»
y sugería que llevaran siempre
ropa de luto como penitencia por la
«ignominia» del pecado original, la
vergüenza de ser la causa de la
caída de la raza humana». Los hombres
eran considerados «la cabeza
de las mujeres» y estas deben cubrirse
con velos para no tentar a los
hombres.

Aún así, si algo de su esencia se
transformó realmente, fue, básicamente,
simbólico. Las concepciones
de la mujer como ama de casa,
como compañera del hombre y un
elemento marginal dentro de la jerarquía
católica son algunos de los
efectos de estas concepciones.

Pero es en la campaña de la Iglesia
católica contra el aborto que se
hacen más evidentes. Se profieren
una serie de argumentos para condenar
el aborto –el feto, desde el
primer instante ya es una vida; matar
es pecado- pero en el fondo sólo
buscan encubrir su verdadera concepción
sobre la mujer como un ser
pecador por excelencia, sin derecho
a tener una opinión propia, sin
derecho a decidir sobre su propio
cuerpo, sus propios actos, su propia
voluntad. Qué es esto sino un
ser sin cabeza, tal y como afirmaban
los «padres de la Iglesia»?

La mujer musulmana

Desde la perspectiva occidental,
la opresión contra la mujer musulmana
parece más violenta que la
de la mujer de Occidente. De hecho,
la mujer occidental tuvo grandes
conquistas contra la opresión,
sobre todo a partir de los años 60,
y que se debieron básicamente a
las luchas que llevó a cabo, y al desarrollo
de las ciencias contra el atraso
de las concepciones religiosas.
Aún así, las diferencias entre una y
otra se basan fundamentalmente
en la forma y no propiamente en el
contenido de la opresión. En este
punto continuamos siendo iguales.

La cultura musulmana se fundamenta
en tradiciones seculares. Si
en el cristianismo las concepciones
sobre la mujer serían definidas por
los «padres de la Iglesia», en el islamismo
serían, según la creencia
musulmana, reveladas por Dios a
Mahoma y están escritas en El Corán.
Este es el libro sagrado del islamismo
y está compuesto por 114
capítulos o Suras que sirven de guía
en todos los aspectos de la vida de
los musulmanes. Las mujeres tienen
un capítulo especial: el cuarto,
denominado Sura de las Mujeres.
(...)

Igual que en Occidente, donde
la opresión femenina tiene causas
económicas bien concretas, en la
Islam proviene de un enorme atraso
en el desarrollo de las fuerzas
productivas, de las pésimas condiciones
de vida y la marginalización
de las grandes masas oprimidas y
explotadas por gobiernos burgueses
autoritarios, la mayor parte de
las veces representados por los
«príncipes del petróleo» (a los que
apoya el imperialismo de Occidente)
que reproducen las concepciones
patriarcales más retrógradas.
En estas condiciones, el de la mujer
es uno de los sectores sociales
oprimidos, porque sobre ella incide
una combinación atroz entre el
atraso secular de las concepciones
religiosas y las pésimas condiciones
de vida de las masas trabajadoras.

El Corán rige la vida de la gente.
Y sus fundamentos históricos se remontan
a un pasado distante. La
difícil supervivencia en tierras áridas,
desérticas, no permitía a las familias
asumir la
carga de individuos
improductivos.
Y la mujer,
como debía
quedarse un
tiempo alejada
del trabajo durante
la maternidad
y la lactancia,
tenía
una vida mucho
menos productiva
–según los
modelos de los
pueblos árabes
del desiertoque
el hombre. (...)

La superioridad del hombre sobre
la mujer viene establecida por
mandato divino, «El hombre es superior
a las mujeres por el hecho
de que Dios ha elevado a unos sobre
las otras». Las mezquitas son
lugares exclusivos para los hombres.
Por delitos sexuales, a las
mujeres se las castiga con la muerte
pero no pasa lo mismo con los
hombres. Las mujeres musulmanas
cuando menstrúan por primera vez,
deben cubrirse el rostro con el
xador. (...)

El grado de opresión de la mujer
musulmana varía de un país a otro,
y las leyes del Corán se aplican más
o menos al pie de la letra según el
atraso cultural y económico de la
región. Cuando los milicianos de la
guerrilla talibán tomaron la capital
de Afganistán, Kabul, en septiembre
de 1996 tuvimos la oportunidad
de ver el Corán llevado al extremo.
Pegaron a las mujeres, les prohibieron
trabajar y estudiar y las obligaron
a cubrirse con velos de cabezas
a pies.

La afección a los símbolos y a las
costumbres más arraigados de una
cultura, muchas veces es una forma
de resistencia a agresiones externas.
Como ejemplo de esto vemos
que hoy, en muchos sentidos,
la mujer musulmana lleva el xador
–símbolo máximo de su opresióncomo
forma de resistencia a los
ataques del imperialismo norteamericano
a la región musulmana y a la
autonomía del Islam.

Por eso es por lo que la lucha por
la liberación de la mujer no es una
lucha individual, no es una denuncia
contra los usos y costumbres
de los pueblos, y tampoco es una
condena a algún precepto de esta
o aquella religión. Es, eso sí, una
lucha de clases; una lucha de todos
los trabajadores y trabajadoras
oprimidos del mundo, mujeres y
hombres, para acabar con lo que
conforma la base económica y social
del sistema capitalista, que origina
ideologías que pretenden mantener
la explotación y la opresión
de que son víctimas.»

Seleción de extractos de Carme
Álvarez del curso "Lucha contra la
opresión de la Mujer" de 1997,
de Maria Cecília Garcia,
secretaria Nacional de Mujeres
del PSTU brasileño.

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